¿Cuánto de Terminator ya ocurrió?

¿Cuánto de Terminator ya ocurrió?

La Industrial Desinfecciones

En 1984, James Cameron imaginó un futuro donde las máquinas aprendían a ver. A reconocer caras en una multitud. A procesar una escena y decidir, en milisegundos, qué hacer con lo que veían. La fecha que puso en la película para que todo eso ocurriera era 2029.

Faltan tres años.

Y la pregunta honesta, la que vale la pena hacerse sin catastrofismo pero también sin ingenuidad, es esta: ¿cuánto de lo que Terminator describió como distopía es hoy, simplemente, infraestructura?

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Más de lo que resulta cómodo admitir.

La visión artificial —la capacidad de una cámara conectada a un algoritmo para identificar un rostro, leer una patente, distinguir un comportamiento anómalo en tiempo real— era ciencia ficción en 1984. Hoy es un producto que se compra, se instala y se calibra. Está en aeropuertos, en estadios, en edificios de oficinas y, cada vez más, en los ingresos de los barrios privados del conurbano rosarino. No como experimento: como servicio.

El T-800 miraba a través de un HUD que clasificaba lo que veía. Los sistemas de videovigilancia con inteligencia artificial hacen exactamente eso: superponen una capa de interpretación sobre la imagen cruda. No registran, analizan. No archivan, evalúan.

La diferencia con la película es una sola, pero es importante: nadie decidió que estas máquinas fueran enemigas. Las elegimos nosotros.

Skynet, en el universo de Cameron, era una red militar que en algún momento «tomó conciencia» y decidió que los humanos eran el problema. Es la parte que todavía no ocurrió —y probablemente no ocurra así, porque la ciencia ficción tiende a personalizar lo que en realidad es sistémico y difuso. La inteligencia artificial no va a «despertar» un martes a las tres de la mañana y mandar robots a perseguirnos.

Lo que sí ocurre es más sutil y, en cierto sentido, más difícil de procesar: los sistemas aprenden de los datos que les damos, amplifican los sesgos que tienen esos datos, y toman decisiones que nadie revisó individualmente porque nadie podría hacerlo a esa velocidad y esa escala. No hay consciencia. Hay inercia. Y la inercia de un sistema que procesa millones de decisiones por segundo es, a su manera, tan difícil de frenar como un Terminator.

Pero hay otra lectura posible, y sería deshonesto no ofrecerla.

La mayoría de las tecnologías que Terminator presentó como amenaza existen hoy como herramientas. La visión artificial salva vidas en medicina. El reconocimiento de patrones detecta tumores antes que cualquier ojo humano. Los sistemas autónomos de análisis de imágenes permiten que una comunidad cuide su espacio sin depender de la atención sostenida de una persona que, inevitablemente, se cansa.

Cameron no se equivocó sobre la tecnología. Se equivocó —o eligió deliberadamente no abordar— la pregunta que importa: no si las máquinas van a aprender a ver, sino qué vamos a pedirle que miren, y con qué criterio vamos a evaluar lo que nos digan.

Esa pregunta no la responde ningún algoritmo.

La tenemos que responder nosotros. Y 2029 está, como decíamos, bastante cerca.