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Hay cosas que no se pueden explicar: Argentina le ganó a Inglaterra y está otra vez en la final del mundo

Hay cosas que no se pueden explicar: Argentina le ganó a Inglaterra y está otra vez en la final del mundo

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La Selección perdía hasta los 85 minutos, pero Enzo Fernández encendió la esperanza y Lautaro Martínez, ya en tiempo de descuento, convirtió el gol que quedará para siempre. Argentina venció 2-1 a Inglaterra en Atlanta y jugará ante España la final del Mundial 2026. Esta no pretende ser solamente la crónica de un partido. Es el intento, quizás inútil, de explicar qué se siente cuando un equipo vuelve a demostrar que para algunos milagros todavía no se inventaron las palabras.

Yo no creo en estas cosas

Me considero un escéptico de la vida. No creo en Dios. Tampoco en la astrología, en los brujos, en las energías, en las cábalas ni demasiado en eso que llamamos destino. Me cuesta aceptar que exista una fuerza invisible capaz de ordenar las cosas para que sucedan de determinada manera. Creo en lo que veo. Y lo que vi este miércoles 15 de julio de 2026 en Atlanta no lo puedo explicar.

Argentina estaba perdiendo una semifinal del mundo contra Inglaterra. Faltaban cinco minutos. Cinco. El sueño de otra final parecía escaparse y el reloj, ese enemigo despiadado que en el fútbol siempre corre más rápido cuando uno necesita que se detenga, avanzaba hacia el minuto 90. Inglaterra ganaba 1-0 por el gol de Anthony Gordon. Argentina estaba afuera.

Y entonces sucedió. Primero Enzo Fernández. Después Lautaro Martínez. Dos goles en siete minutos. Del 0-1 al 2-1. De la eliminación a la final del mundo. Del silencio a la locura. ¿Cómo se explica eso? No sé. Tal vez no haya que hacerlo.

Argentina derrotó 2-1 a Inglaterra con goles de Enzo a los 85 minutos y Lautaro a los 90+2 y se clasificó para jugar la final del Mundial 2026 ante España. Esos son los datos. Y esta noche los datos alcanzan para contar el partido, pero no para contar lo que pasó.

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Otra vez contra Inglaterra

Hay camisetas que pesan diferente. Argentina e Inglaterra no juegan simplemente un partido de fútbol. Nunca lo hicieron. Hay una historia que empezó mucho antes que nosotros. Hay recuerdos heredados. Hay relatos que escuchamos de nuestros padres. Hay imágenes que vimos cientos de veces aunque no hayamos estado ahí.

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Está Wembley. Está el Mundial de 1966. Está México 1986. Está Diego. Está la Mano de Dios. Está el gol que probablemente sea el más hermoso de la historia de los Mundiales. Está Francia 1998. Está Beckham. Está el penal de Batistuta. Está Corea-Japón 2002. Está aquel gol de Beckham y una eliminación que todavía duele cuando uno vuelve a mirar las imágenes.

Argentina e Inglaterra arrastran una historia demasiado grande para entrar en 90 minutos. Y ahora también está Atlanta 2026. Algún día, cuando alguien enumere los grandes capítulos de esta rivalidad, tendrá que detenerse en esta noche. Porque Argentina estaba perdiendo. Porque quedaban cinco minutos. Porque enfrente estaba Inglaterra. Porque era una semifinal del mundo. Y porque este equipo decidió, otra vez, que todavía no era el momento de volver a casa.

El reloj decía que no; Argentina decía que sí

Durante buena parte de la noche hubo una sensación incómoda. Argentina buscaba, Inglaterra resistía y el tiempo pasaba. Anthony Gordon había puesto en ventaja al equipo de Thomas Tuchel y cada minuto que desaparecía del reloj acercaba a los ingleses a la final.

Minuto 70. Minuto 75. Minuto 80. Uno empieza a hacer cuentas absurdas. «Quedan diez». «Con el descuento son quince». «Una pelota parada». «Un rebote». «Una genialidad». El hincha negocia con el tiempo. Le pide cinco minutos más a un reloj que no escucha.

Hasta que llegó el minuto 85. Enzo Fernández. Gol. Uno a uno.

Y entonces cambió todo. El estadio explotó. Los argentinos volvieron a creer. Los jugadores ingleses, que cinco minutos antes podían imaginarse jugando la final, comenzaron a mirar el reloj con el mismo miedo con el que nosotros lo habíamos mirado durante casi todo el segundo tiempo. El fútbol había cambiado de dueño. Argentina olió sangre. Y fue.

El Toro y un cabezazo para la eternidad

Minuto 92. Lautaro Martínez. El cabezazo. La pelota entrando. Dos a uno.

Después no recuerdo demasiado. Y supongo que muchos argentinos tampoco. Hay goles que uno grita y hay goles que directamente te atraviesan. Este fue uno de esos. El cuerpo reacciona antes que la cabeza. Uno abraza al que tiene al lado. Grita. Salta. Llora. Se queda mirando una pantalla como si necesitara comprobar que aquello efectivamente sucedió.

Lautaro salió corriendo. Sus compañeros detrás. Y en algún lugar del mundo millones de argentinos hicieron exactamente lo mismo sin moverse de donde estaban.

Podríamos llamarlo carácter. Podríamos hablar de jerarquía. De insistencia. De una selección campeona del mundo que se niega a aceptar la derrota hasta que alguien le demuestra definitivamente que ya no queda tiempo. Pero quizás podríamos llamarlo de otra manera. Podríamos llamarlo fe. Aunque algunos no creamos en ella.

¿Cuántas vidas tiene este equipo?

Argentina sufrió contra Cabo Verde. Sufrió contra Egipto. Volvió a sufrir contra Suiza. Y sufrió contra Inglaterra. Este equipo no se parece demasiado al campeón de Qatar 2022. Es cierto. No domina los partidos de la misma manera. Por momentos concede demasiado. Ha estado varias veces peligrosamente cerca de quedar eliminado.

Y quizás esa sea precisamente una de las grandes diferencias. La Argentina de Qatar aprendió a ganar. Esta Argentina parece haber aprendido a sobrevivir.

Porque hay algo que las estadísticas todavía no saben medir. ¿Cómo se mide la capacidad de un equipo para levantarse cuando parece derrotado? ¿Cómo se calcula la confianza de un grupo que ya estuvo al borde del abismo demasiadas veces? ¿Cómo se explica que, cuando todo parece terminado, estos tipos encuentren una jugada más?

Argentina no es invencible. Argentina es algo quizás más peligroso: es un equipo que se cree invencible. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

Messi y el último baile que nunca termina

Y después está él. Siempre él. Lionel Messi.

Alguna vez pensamos que Qatar sería el final perfecto. La Copa levantada. La túnica negra. El beso al trofeo. La vuelta olímpica. La foto que cerraba una historia que durante años pareció condenada a no tener final feliz.

Nos equivocamos.

Messi volvió. Y Argentina volvió con él. A los 39 años está nuevamente en una final del mundo. Uno podría preguntarse qué más necesita. La respuesta probablemente sea nada. Messi ya no juega para demostrar. No necesita convencer a nadie. Quizás por eso verlo ahora tenga algo diferente.

Cada partido puede ser el último. Cada corrida puede ser la última. Cada tiro libre. Cada abrazo. Cada vez que se pone la camiseta argentina existe la sensación de estar viendo algo que sabemos que algún día vamos a extrañar.

Y ahora queda uno más. España. Una final. Otra vez.

De Maradona a Messi, de México a Atlanta

Pienso en 1986. Pienso en Diego corriendo contra Inglaterra. Pienso en Víctor Hugo diciendo aquello de «barrilete cósmico». Pienso en millones de argentinos abrazándose frente a televisores mucho más pequeños que los de ahora.

Cuarenta años después, otra generación tiene su Inglaterra. No será igual. Nunca podría serlo. Aquello perteneció a otro país, a otro fútbol y a otro dolor. Pero esta noche también tendrá su lugar. Porque cada generación necesita construir sus propios recuerdos.

Nuestros padres tuvieron a Diego. Nosotros tuvimos a Messi. Y los chicos que hoy tienen ocho, diez o doce años probablemente crean que Argentina jugando finales del mundo es algo normal. Algún día descubrirán que no. Y entonces entenderán la suerte que tuvieron.

No sé qué es esto

Vuelvo al principio. No creo en Dios. No creo en los astros. No creo en los brujos. No creo en el destino. Pero vi a Argentina estar eliminada contra Inglaterra a cinco minutos del final de una semifinal del mundo. Y vi a Enzo Fernández empatar. Y vi a Lautaro Martínez convertir el 2-1 en el minuto 92. Y vi a un equipo que se negó a morir.

Entonces tengo un problema. Porque mi cabeza me dice que todo tiene una explicación. Que es fútbol. Que son once contra once. Que hay táctica, preparación física, talento y azar. Pero mi corazón me dice otra cosa. Me dice que hay equipos que, de alguna manera, encuentran siempre un minuto más. Una pelota más. Una vida más.

Argentina jugará el domingo contra España la final del Mundial 2026. Será otra historia, frente al equipo que eliminó a Francia en la otra semifinal. Ya habrá tiempo para analizarla. Para discutir la formación. Para hablar de Messi. Para estudiar a España. Para preguntarnos si Argentina puede ser otra vez campeona del mundo.

Hoy no.

Hoy quiero quedarme un rato más acá. En el minuto 92. En ese cabezazo. En ese instante exacto en el que Lautaro mandó la pelota a la red y millones de argentinos, separados por miles de kilómetros, nos abrazamos sin conocernos.

Me considero un escéptico de la vida. Pero después de esta noche empiezo a tener dudas. Porque si el destino realmente no existe, alguien va a tener que explicarme qué demonios fue lo que acabamos de ver.

Argentina está otra vez en una final del mundo.

Y quizás, algunas noches, eso sea lo más parecido que tenemos a creer en los milagros.